Mi mojito en La Bodeguita, mi daiquirí en El Floridita
Mi mojito en La Bodeguita, mi daiquirí en El Floridita
La Habana, una gran ciudad que en su momento sedujo a artistas, escritores, mafiosos y revolucionarios, nos atrajo a nosotros (y a millones de turistas más) para presentarnos los secretos y entresijos de una ciudad que parece salida del plató de una película de época.

Como una sacudida. Así definiría yo mi primer contacto con La Habana. Una ciudad que me recibió con sus edificios coloniales y sus autos antiguos, con su color, su música y sus escenas criollas, pero también con sus barrios pobres, con sus vitrinas y escaparates a medio llenar, con su disparidad.

Nuestra visita a La Habana –como todas las que hacemos–, fue por libre. Nos alojamos en una casa particular en Centro Habana y salimos a caminar y caminar y a recorrer todo lo que nuestras piernas nos permitieron. Este camino nos llevó por las calles más comerciales, abarrotadas y restauradas, como Obispo y Mercaderes, pero también por las zonas más auténticas, no tan limpias ni ordenadas de esta gran ciudad. La Habana me recordó mucho al Casco Antiguo de la Ciudad de Panamá (pero mucho más grande) antes de que iniciase su proceso de gentrificación.
Confieso que me dejé atrapar por La Habana Vieja, por sus edificios llenos de ventanales, amplios balcones y techos altos, por la música que salía de cada esquina, por sus parques y plazas (¡cómo desearía que en Panamá hubiesen sitios de esparcimiento como esos, que rezuman calidad de vida!), por su malecón cargado de almas danzarinas, de pescadores, de vendedores ambulantes, de mar.

Los Mambises impregnando de alegría y música la ciudad



Cruzamos la bahía en barco y disfrutamos de las maravillosas vistas de la ciudad desde “el otro lado” y aprovechamos por supuesto para visitar fortalezas y edificaciones de antaño como El Morro y San Carlos de la Cabaña.



Nos tomamos el tiempo de conversar con todo el que nos lo permitió y nos encontramos con gente amable y hospitalaria, con su historia y problemas –como todos–, pero alegres y echa’os pa’lante. Es cierto que también nos topamos con aquellos que sólo querían que les comprásemos una artesanía, que diésemos un paseo en su taxi o ganarnos la leche para sus hijos, pero todo es parte de la experiencia.
Lastimosamente no tuvimos suerte con los sitios en los que entramos a comer, la comida me resultó bastante cara y no muy buena. Eso me dolió particularmente porque siempre he oído hablar de las exquisiteces de la comida cubana y me apetecía mucho probarlas.
Visitamos, aunque sólo de pasada, algunos de los bares y restaurantes que Hemingway mitificó como El Floridita y La Bodeguita del Medio, donde de su puño y letra está plasmado en una pared la frase «Mi mojito en La Bodeguita, mi daiquirí en El Floridita».


Sé que nos faltó mucho por visitar, no entramos a ningún museo por ejemplo, pero nos llevamos muchos gratos recuerdos de La Habana. El pequeño viajante también disfrutó jugando y corriendo en los parques, viendo los carros, siendo él. Y diré que algo que me encantó es que allá donde fuésemos, siempre encontramos una sonrisa, una palabra amable o una mirada simpática para el más pequeño de la familia y por ende también para nosotros.
¡Hasta una próxima visita Cuba!
Adalberto
Estimado: ya pasaron 17 años desde que visité Cuba. Su sistema social, en aquel momento, era un encanto. Amabilidad y educación para todos. Espero que la apertura no prostituya los valores de su gente.
Natalie Michelle Jurado Solanilla
Hola Adalberto, ante todo muchas gracias por tu comentario.
En efecto, yo también espero que los cambios producto de la apertura sean para el bien de los cubanos.
Algo que me llamó la atención, y que no sé si será un cambio respecto a hace 17 años, es que noté mucha más disposición para conversar y mucha más amabilidad entre la gente que nos encontramos por la calle que entre los que trabajaban en tiendas del estado, que solían ser siempre secos, malhumorados y parcos en palabras.
Un saludo.